jueves, febrero 22, 2007

Las riendas del carruaje

La mano humana en el cambio climático

Kerry Emanuel

Dos tendencias de la filosofía medioambiental se han sucedido durante el curso de la historia humana. La primera mantiene que el estado natural del universo es de infinita estabilidad, con una Tierra permanentemente anclada en las revoluciones predecibles del sol, la luna o las estrellas. Cada revolución científica que ha desafiado esta noción, desde la teoría heliocéntrica de Copérnico a la expansión del universo de Hubble, de la deriva continental de Wegener a la incertidumbre de Heisenberg y al caos macroscópico de Lorenz, se encontraron con la feroz resistencia de hegemonías religiosas, políticas e incluso científicas.

La segunda tendencia también ve el estado natural del universo como estable, pero mantiene que se ha vuelto inestable por las acciones humanas. Las grandes inundaciones son usualmente retratadas en las tradiciones religiosas como intentos divinos de purificar la tierra de la corrupción humana. Las desviaciones de la predictibilidad cósmica, tales como meteoritos o cometas, fueron muy a menudo vistas como una profecía más que como un fenómeno natural. En la mitología griega, el calor abrasador de África y la piel quemada de sus habitantes eran atribuidos a Faetón, descendiente del dios del sol Helios, que, habiendo perdido una apuesta de su hijo, fue obligado a permitirle conducir su cuadriga solar a través del cielo. En esta catástrofe ambiental primitiva, Faetón perdió el control y quemó la tierra, abrasándose él mismo.
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